‘EL PADRE’
- AUTOR: Florian Zeller
- DIRECCIÓN Y ADAPTACIÓN: José Carlos Plaza
- INTÉRPRETES: Héctor Alterio, Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes, María González
- ESCENOGRAFÍA E ILUMINACIÓN: Francisco Leal
- LUGAR: Teatro Romea, Murcia
- FECHA: Sábado, 28 de enero

Héctor Alterio, durante una representación de ‘El Padre’ // FOTO: Miguel Ángel de Arriba (Pentación Espectáculos)
El blanco –aséptico, frío, vacío…– va poco a poco invadiendo la mente de Andrés. Arrasándola. Llega el blanco a la vida del ingeniero, un hombre de carácter transformado por momentos en un bailarín de claqué encantador e invadido al minuto siguiente por el temor, y el terror, mientras escruta el espacio a su alrededor, cada vez más blanco, cada vez más vacío. Preguntándose qué pasa y quién le está gritando esta vez. Preguntándose por qué.
Héctor Alterio, que puso en pie el sábado al público que llenaba el Romea, protagoniza ‘El padre’, “una farsa trágica”, según la define su autor, el francés Florian Zeller, sobre la vejez y la enfermedad. Él es sin duda el principal valor del montaje dirigido por José Carlos Plaza, poniendo rostro a este personaje enfermo de alzhéimer que todos, de un modo u otro, reconocemos. Y lo hace con humanidad, con el oficio que ha ganado a sus 87 años. Desde el respeto más absoluto, sin ridiculeces ni sensiblerías, con verdad y ternura, provoca sonrisas y arranca más de una lágrima atrapado en su espiral de demencia.
Zeller cuenta esta historia desde un punto de vista diferente, desde la experiencia del propio enfermo. El público comparte su confusión y asiste perplejo a la lenta desintegración de la realidad. Sufre el intercambio de rostros, las voces inexplicables y la mutación del entorno… Cada vez más extraño, más vacío. Cada vez más blanco. La narración reiterada de situaciones como la pérdida del reloj, preguntas que se formulan una y otra vez y escenas de las que parece imposible escapar despiertan en el espectador la sensación de agobio y también el miedo a la propia vejez, a la dependencia y la soledad, aunque también generan cierta lentitud narrativa.
Afortunadamente, el público se puede deleitar con Alterio, con su talento y el placer de verlo en escena. Metido en el pijama de Andrés, coquetea con la joven enfermera, reparte ironía entre quienes tratan de cuidarlo a pesar de su deseo de independencia y asoma también la ira a sus ojos cuando es consciente de la situación. Conmueve el continuo recuerdo de la hija cuya desaparición ha olvidado y la relación con su otra hija, Ana –impecable Ana Labordeta–, que se debate entre el amor que siente por su padre y el deseo de huir y vivir su propia vida junto a su pareja, entre la responsabilidad y la culpabilidad.
El autor también realiza en ‘El padre’ un acertado retrato de quienes conviven con el enfermo. Pone la lupa en quien ve cómo su día a día se detiene, cómo cambian las prioridades y la vida se pone del revés. Imposible es que algo no se remueva cuando, casi en penumbra, Ana relata el revelador sueño que ha tenido y recuerda la sonrisa de agradecimiento de su padre. Aunque Alterio también en esto gana la partida y deja al público hasta sin toser –cosas del invierno– cuando aterrado, encogido en una cama que no es su cama, pide a gritos que mamá vaya a recogerlo. La muerte ya no es un temor sino un anhelo y, de su mano, de la mano de su madre, solo quiere volver a casa, regresar a ese lugar lleno de calor donde los recuerdos puedan cubrir todo el blanco que, imparable, cruel, sigue avanzando.
Crítica publicada en el periódico ‘La Opinión de Murcia’ el 31 de enero de 2017